jueves, 19 de mayo de 2011

EL SOL ENTRE LAS NUBES.

Desde Hamburgo, (Alemania) y a través de de Aspau (Grupo de padres de niños con autismo de la Comunidad Valenciana) me llega esta emotiva narración:


"Carla era una joven madre cuya ilusión principal era ver crecer feliz a su hijo. Bueno, esa es la ilusión de cualquier madre, pero Carla ni lo vía ni lo tenía fácil.

El niño, que se llamaba Tomás, era lo más hermoso que había visto, y no porque ella lo dijera era pura verdad: sus ojos azules eran semejantes al cielo de una tarde de verano y su rostro reflejaba la ternura con la cual una mariposa bate sus alas. Pero todo lo que tenía de hermoso, lo tenía de dudas y confusión: lloraba casi sin cesar, no admitía que le tocasen y se mostraba inquieto con todo. Los médicos no daban con el problema a pesar de las pruebas y Carla se angustiaba cada vez más, aunque de vez en cuando, el sol sonreía un poquito y el pequeño daba alguna muestra de mejoría, pero tan escasa que se perdía entre la tormenta.

 Cuando llegó la noticia de lo que al pequeño sucedía, el mundo, por unos instantes, se le cayó encima a Carla: autismo. Ese era el problema: Su niño no se sentía a sí mismo, no comprendía como los demás niños y la inteligencia se escapaba a su control.

–Nunca será nada importante, ni hablará. Hay ayudas para estos niños y lugares donde puede llevarle. Tenga en cuenta que no entenderá las cosas. -El médico habló a Carla suponiendo la reacción que tendría, pues ya lloraba viendo al niño jugar.

– Es mi hijo. Nunca le haré tal cosa, tendrá toda la ayuda que necesite, pero nunca vivirá en otro lugar que no sea su casa.

Carla no sabía de donde habían salido sus palabras, pero si que la sonrisa de su hijo hacía salir el sol en los días nublados. Y cuando le abrazaba, aún en contra de los pronósticos de los médicos y tras muchos ejercicios logró que el pequeño accediera a ello, se sentía alcanzar el cielo con las manos.

Su ilusión, aunque no era sencillo verla cumplida, poco a poco se iba haciendo realidad. Y disfrutaban de las pequeñas cosas como; hacer zumo de naranja, arrancar un tomate de la planta, rodar sobre una pelota, construir una torre de juguete… esas cosas a las que ella antes nunca dio importancia, pero con él, tenían mucho sentido y eran parte de un todo.

Hasta Carla se sentía parte del mundo y lo veía maravilloso. Sobre todo, cuando se dormía abrazada al niño y despertaba con la dulce melodía de su voz:

– Día mamá, día.

Sí, un nuevo día. Una nueva experiencia. Una nueva manera de ver la vida y de sentir las cosas. Carla sabía que nunca sería como los demás, pero era especial, porque era SU HIJO."

Fuente

Un saludo

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